En busca de los libros de terror juvenil en Argentina… Hace ya un tiempo que dividí mis lecturas en dos grandes grupos: por un lado, están las que leo simplemente por disfrute; por el otro, aquellas que encaro casi como una investigación. Y cuando una lectura logra combinar ambas cosas, para mí vale el doble… triple.
Últimamente estoy intentando leer las novedades del terror juvenil nacional. Me interesa observar el registro de los diálogos, las acciones, hasta dónde llegan los autores, cuándo deciden frenar, qué edades tienen los personajes, qué hacen esos protagonistas, quién ocupa el rol del antagonista y, en definitiva, cómo está construida la historia.
Pero también hay un motivo mucho más personal. Me interesa conocer la literatura juvenil de terror que se está haciendo en Argentina porque, de alguna manera, formo parte de ese universo con mis propios libros. Me gusta entender el contexto en el que escribo, conocer qué caminos están recorriendo otros autores y descubrir qué cosas funcionan dentro del género.
En esa búsqueda les consulté a Ezequiel Dellutri y a Leo Batic sobre qué libros me recomendaban. Los dos coincidieron en señalar a Antonio Santa Ana. Ezequiel, puntualmente, me recomendó Nadie sale vivo de aquí.
Con esa idea en la cabeza fui a la Feria Internacional del Libro. No solamente a presentar y pasear, sino también a rastrear títulos.
Cuando llegué al stand de la editorial me atendió una mujer con muy buena onda. El primero que agarré fue El retorno del magma, de Luciano Lamberti. Era uno de los libros que más quería conseguir porque hacía tiempo que escuchaba muy buenas recomendaciones sobre el autor y todavía no había leído una novela suya.
Después fui directamente a buscar el de Antonio Santa Ana. Estaba agotado, pero la señora encontró el último ejemplar que quedaba y la verdad que se pasó con la buena atención. Ya con esos dos libros en la mano, tenía la posibilidad de llevar un tercero gracias a la promoción que ofrecía la editorial. Así fue como Martín Blasco terminó completando este pequeño tridente de terror de Zona Libre con Música para películas que no existen.
Creo que, como le pasa a la mayoría de las personas que disfrutan leer y comprar libros, uno no necesariamente lee lo último que adquiere. Los libros van quedando en una pila o en distintos estantes de la biblioteca, y después el orden de lectura depende del humor, del momento o, en mi caso, de algo un poco más difícil de explicar. Me dejo llevar por una cuestión más intuitiva, casi energética, y también muy visual. Casualmente, después de terminar el libro anterior que había reseñado, mi vista terminó eligiendo El retorno del magma.

El retorno del magma
El primer acercamiento que tuve con la escritura de Luciano Lamberti fue en el libro antológico Sombra terrible, compilado por Marcelo Acevedo, que, dicho sea de paso, se mandó uno de los mejores prólogos que leí. Ahí leí su cuento Las canciones que cantábamos todos los días y hubo algo que inmediatamente me llamó la atención: la sobriedad de su escritura.
Me gustó esa manera de contar cosas complejas con una aparente simpleza. La forma directa en la que construye los diálogos y las vivencias de sus personajes, sin necesidad de sobreexplicar, hizo que quisiera leer una obra más extensa suya.
Por eso llegué a esta novela.
Dentro del análisis que intento hacer sobre lo juvenil, hubo un aspecto que me gustó especialmente: Mateo Reyes, el protagonista, consigue su primer empleo.
Puede parecer un detalle menor, pero creo que este tipo de literatura, destinada a adolescentes o a esos lectores que algunos llaman jóvenes adultos, muchas veces gira alrededor de las primeras veces: el primer amor, la primera independencia, las primeras responsabilidades y, en este caso, el primer trabajo.
Y el primer trabajo, sea bueno o malo (que muchas veces suele ser bastante malo), deja una marca. Es una de esas experiencias que terminan formando mucho más a una persona que cualquier otra cosa. Son los primeros años de vivencias reales.
Mateo llega a un puesto laboral donde prácticamente no tiene idea de qué debe hacer. Casi parece estar ocupando un lugar vacío, rellenando un espacio. Sin embargo, con el paso de los días le asignan una tarea bastante particular, una de esas responsabilidades que probablemente no cualquiera le daría a alguien que recién empieza.
Como trabaja en Vialidad, debe viajar hasta una pequeña comunidad para convencer a sus habitantes de abandonar su hogar porque por ahí pasará una nueva ruta.
Solo esa premisa ya genera tensión. Imagínense que su primer desafío laboral sea convencer a toda una comunidad de dejar sus casas.
Mateo acepta porque la paga es buena y porque, además, durante sus primeros días prácticamente nadie le había dado nada importante para hacer.
Pero cuando finalmente llega al lugar descubre que todo es muy distinto de lo que había imaginado.
A simple vista, la comunidad resulta agradable. Es un sitio visualmente atractivo, tranquilo y hasta acogedor. Dentro de ese escenario aparece una maestra que inmediatamente llama su atención y, en cierta forma, esa belleza termina convirtiéndose en el ancla que lo mantiene ahí mucho más tiempo del que había planeado.
La novela tiene capítulos cortos y ronda las doscientas páginas. Calculo que debe tener unas veinticinco mil palabras aproximadamente. Se lee muy rápido. Nunca fui muy amigo de decir que un libro “se lee en una sentada”, porque no sé si eso es bueno o malo. Lo que sí puedo decir es que es una novela muy disfrutable y con un ritmo constante.
Mediante elipsis temporales donde un Mateo ya adulto recuerda sus primeros pasos en el mundo laboral, la historia va y viene sin perder claridad. Todo avanza de manera lineal, creciendo de a poco hasta llegar a un desenlace que me pareció interesante y que, obviamente, prefiero no spoilear.
Una de las cosas que más me gustó fue que el terror nunca desplaza del todo al proceso de crecimiento del protagonista. Ambas historias avanzan juntas y eso hace que la novela funcione tanto como relato de iniciación como historia de horror.
Después de terminarla, volvió a la biblioteca junto con los demás. Dejé que, una vez más, fuera la vista la que eligiera el siguiente libro.
Y esta vez cayó sobre Nadie sale vivo de aquí.

Nadie sale vivo de aquí
Acá encontré una diferencia importante con respecto al libro anterior. El protagonista ya no es un joven ni atraviesa problemas propios de esa etapa de la vida. Se podría decir que es una novela adulta que, sin embargo, puede ser leída perfectamente por un público joven.
El protagonista acaba de atravesar una separación. Gracias a un contacto cercano consigue un trabajo de traducción y, casi inmediatamente, le ofrecen instalarse durante un tiempo en un lugar llamado Villa. La propuesta parece ideal: alejarse del ruido, encontrarse consigo mismo, ordenar las ideas, procesar la ruptura y, al mismo tiempo, trabajar para empezar a reconstruir su vida.
Y es que una separación, al menos para mí, no significa solamente el final de una relación amorosa. También implica convivir con la soledad, volver a descubrir quién es uno cuando ya no está acompañado y encontrar nuevamente un lugar donde sentirse cómodo con uno mismo.
Sobre esa base comienza la historia.
Algo que me gustó mucho es que, aunque trabaja varios tópicos clásicos del terror, Antonio Santa Ana los aborda desde un ambiente profundamente ligado al mundo de los libros. Y ahí aparece algo que siempre recuerdo de los primeros cursos de escritura que hice: escribir sobre aquello que uno conoce.
No sé si Antonio Santana escribe desde experiencias personales relacionadas con una separación, pero sí queda claro que conoce muy bien el mundo editorial, el oficio de editar y el detrás de escena de la publicación. Esa experiencia se siente durante toda la novela y le da una naturalidad muy interesante a muchas escenas.
El protagonista avanza por un camino que mezcla la introspección con el misterio. A lo largo de la lectura encontré varios párrafos que perfectamente podrían marcarse o subrayarse. Son de esos fragmentos que uno vuelve a leer apenas termina la página.
En medio de ese recorrido aparece un editor de apellido Rojas, sobre quien voy a volver un poco más adelante.
A diferencia de El retorno del magma, acá los capítulos son bastante más extensos. Sin embargo, eso nunca vuelve pesada la lectura. Todo lo contrario. Los diálogos fluyen con mucha naturalidad y los pensamientos del protagonista acompañan muy bien el ritmo de la historia.
Por momentos sentí que estaba recorriendo una película de David Lynch. Sé que decir “una película extraña de David Lynch” puede sonar redundante, pero realmente fue la sensación que tuve durante buena parte de la novela.
Especialmente en las conversaciones con los habitantes del hotel donde se hospeda. El adulto, la joven y varios personajes que al principio ni siquiera tienen un nombre propio, sino que parecen definirse únicamente por sus acciones, como la chica que mira el cuadro, generan una incomodidad permanente. Uno siente que algo no termina de encajar, aunque todavía no pueda explicar qué es.
Y creo que ahí está una de las mayores virtudes del libro.El terror nunca aparece de golpe. Se instala lentamente en la búsqueda y el thriller en sí mismo. También disfruté mucho el cierre.
Sin entrar en spoilers, la novela incorpora varios detalles históricos que enriquecen la lectura. Son referencias que aparecen de manera natural dentro de la historia y que seguramente despertarán la curiosidad de quienes disfrutan investigar un poco más cuando terminan un libro.
Es de esas novelas que, además de entretener, dejan puertas abiertas para seguir leyendo por cuenta propia. Y siempre me parece un valor agregado cuando una ficción consigue despertar esa curiosidad.
Después del verde y del rojo, llegó el amarillo. Así fue como entré en la tercera lectura de este pequeño recorrido: Música para películas que no existen, de Martín Blasco.


Música para películas que no existen
De alguna manera volvemos a un tema que ya había aparecido en el libro anterior: la literatura, los escritores, la búsqueda de publicar y, esta vez, también la música, tal como lo anticipa el propio título.
El protagonista es Tomás, un pibe que se encuentra justo en ese momento difícil de definir en el que ya no es un adolescente, pero tampoco termina de sentirse un adulto. Su historia comienza cuando vuelve a cruzarse con un chico de su edad al que había conocido muchos años atrás en un taller de literatura organizado por la madre de ese muchacho.
Ese reencuentro funciona como el motor de toda la novela. Vale aclarar que también aparece el editor Rojas, interconectando los libros. Un detalle que se agradece.
La particularidad del libro me llamó la atención desde el comienzo. Más allá de la división clásica por capítulos, la historia también está estructurada alrededor de cuatro publicaciones escritas por ese amigo, Matías Godoy, quien después de varios años sin contacto aparece viviendo el sueño que ambos compartían cuando eran chicos: publicar y convertirse en un escritor reconocido.
La novela está construida sobre cinco columnas: cuatro libros de Matías y un epílogo de Tomás. Me pareció una decisión muy interesante porque rompe un poco con la estructura tradicional. Así como en la vida uno no organiza sus recuerdos por capítulos numerados sino por experiencias, Martín Blasco consigue que esa forma de contar tenga sentido dentro de la historia.
Fue uno de esos detalles que más disfruté como lector y también como escritor, porque detrás de esa estructura hay una decisión narrativa consciente.
Si tuviera que comparar los tres libros, diría que este probablemente sea el más crudo.
En El retorno del magma prácticamente no hay sangre. En Nadie sale vivo de aquí el terror se construye más desde la persecución, el suspenso y una atmósfera cercana al thriller. En cambio, en Música para películas que no existen aparecen escenas bastante más fuertes.
Entre sueños y realidades, miedos, frustraciones y aciertos, la historia ofrece imágenes que uno puede visualizar con mucha facilidad. Hubo varios momentos que generan una incomodidad muy particular.
No se trata únicamente de la violencia. Hay una construcción de imágenes muy cinematográfica que hace que determinadas escenas permanezcan en la cabeza incluso después de cerrar el libro.
También me gustó cómo el terror nunca deja de convivir con el proceso creativo de sus personajes. La necesidad de escribir, de publicar, de ser leído y de encontrar una voz propia termina teniendo tanto peso como los propios acontecimientos sobrenaturales.
Y eso, inevitablemente, hizo que muchas veces dejara de pensar como lector para empezar a pensar como escritor.
Creo que fue el libro con el que más me pasó eso de detenerme unos segundos después de un capítulo para preguntarme por qué el autor había tomado determinada decisión narrativa o por qué una escena estaba construida de esa manera.
Es una novela que disfruté por la historia, pero también por todo lo que me permitió observar “desde atrás del escenario”, intentando entender cómo estaba hecha.
Libros de terror juvenil y el cierre…
De esta manera llegué al final de la lectura de estos tres libros. Viendo la calidad de los autores, de la editorial y de las publicaciones, dan muchas ganas de seguir explorando este catálogo y descubrir qué otras historias tiene para ofrecer.
Más allá del disfrute que me dejaron estas lecturas, algo me quedó muy claro: la investigación dio sus frutos. Pude sacar muchas conclusiones que seguramente me van a ayudar tanto en lo estructural como en esa búsqueda mucho más personal que todo escritor atraviesa alguna vez: encontrar su propia voz, descubrir desde dónde hablarle al lector y cómo hacerlo.
Así que termino esta reseña contento y agradecido por todas las recomendaciones que me hicieron. Espero que ustedes también puedan llegar a estos libros y disfrutarlos tanto como yo.
Y, por supuesto, si conocen otros títulos similares, novelas de terror juvenil o historias que tengan alguno de los elementos que mencioné a lo largo de esta reseña, los leo.


