7 consejos para escribir cuentos de terror

Esta nota no tiene otro sentido más que ayudar al que lo necesite. No son reglas de oro ni consejos definitivos para escribir un cuento de terror.

Cuando uno arranca con este sueño por cumplir llega un momento donde tiene dos opciones:

La primera es pedir ayuda: buscar un curso de literatura, pedir una opinión, enviar textos a diferentes certámenes y esperar dos cosas posibles: la gloria de ser seleccionado o el trabajo de corregir.

La segunda es la del que no quiere o no puede pedir ayuda y busca herramientas en otro lado, las que están al alcance de todos.

Yo fui un poco por cada camino y por eso acá dejo algunas herramientas que a mí me ayudaron.

Si algo me dio la literatura fue encontrarme con mucha gente dispuesta a ayudar, y muchas de esas personas hoy son grandes amigos. Así que no puede salir mal.

Empecemos:


¿Dónde quedan los sentimientos?

Generar sentimientos cuando se escribe es muy difícil. Ni siquiera hablo del terror, sino de algo que modifique el comportamiento del lector.

Piensen que la persona que estará leyendo su cuento va a estar muy cómoda: sentada en su lugar favorito, con la temperatura que quiere, quizá tomando algo, en su casa y disfrutando de la lectura. Cuántas veces se escucha la frase “disfruto de la lectura”. Bueno, ese tiene que ser tu punto de fuga.

Una vez que sabemos eso, y otros detalles como hacia qué público apuntará la historia, podemos empezar a diagramar lo que vamos a hacer o simplemente dejar que la historia nos guíe.

El miedo, ese posible primer sentimiento, está más cerca de lo que uno piensa. Ahora, en este preciso momento, ¿qué es lo que te genera miedo?

Yo, por ejemplo, puedo contarles que mi hija está jugando en el patio delantero con mi sobrina y lo primero que se me cruza por la cabeza es que alguien la rapte, que la ataque un perro o que directamente pase algo fantástico: que se meta dentro de una mancha de humedad.

Bueno, ahí tenemos un buen punto de partida.

El miedo está en lo conocido, en el día a día. Si no, miren los informativos y díganme si no es así.

Si primero pensamos en crear un monstruo, un mundo o nuevas reglas y recién después empezamos a maltratar a algunos personajes, lo más seguro es que la historia quede a medio hacer. No digo que no se pueda lograr, pero, a mi parecer, las mejores sensaciones que podemos transmitirle a los lectores son aquellas que compartimos con ellos.

Los miedos pueden variar en cada persona, pero siempre es más fácil empatizar con situaciones cotidianas.


¿Cuán largo debe ser el cuento?

Acá depende del proyecto que nos hayan pedido, del concurso en el que queramos participar o, simplemente, del tiempo que tengamos para escribirlo.

En un microrelato, por ejemplo, es muy difícil generar un sentimiento. El motivo es simple: el lector no siente nada por el personaje porque prácticamente no lo conoce. Es apenas una presencia más dentro de la historia.

En cambio, si tenemos la posibilidad de contar cómo es el protagonista, de qué vive, qué tiene, de dónde salió o algunos detalles más sobre su vida, se nos va a hacer mucho más fácil jugar con él para sorprender al lector. El cimbronazo, entonces, va a ser más certero.

Un ejemplo sencillo: alguien te cuenta algo que le pasó al hijo del vecino y probablemente no te genere nada. Ahora imaginá que te cuentan algo que le pasó a un amigo, alguien del que conocés su historia, las cosas que atravesó de chico o lo valioso que es como persona. ¿Cómo te llega esa noticia?

Es evidente que el sentimiento es distinto.

Bueno, en la escritura pasa lo mismo. Hay que preparar el terreno para que las emociones del lector fluyan, igual que los párrafos del cuento.


Personajes verdaderos

Siguiendo un poco con el punto anterior, hay límites en todos los géneros. Y cuando hablamos de terror, esa delgada línea de encuadre muchas veces se convierte en nuestra enemiga.

En una novela, los límites autoimpuestos suelen ser más generosos. En el cuento, en cambio, no. Ahí hay que ser prácticos.

Por ejemplo, si escribimos una historia donde la sangre, la carne y el gore —que a mí me encanta y que, si se aprende a usar correctamente, puede generar escenas muy potentes— se convierten en el foco principal, el personaje queda relegado a un segundo plano.

Pero lo peor de todo no es eso.

Lo peor es que el lector, después de apenas unas páginas, puede cansarse. Y en un breve golpe de vista terminará dejando la lectura a la mitad.


¿Querés un cliché?

Cuando decidí ponerme a escribir, algo que me pasó fue que muchas de mis historias eran malas copias de otras. Ahí es donde la lectura juega un papel fundamental: es necesario abrir la cabeza.

No creo que haya escritores que no lean. Y si los hay, estoy seguro de que me daría cuenta rápidamente de que no lo hacen.

Frases como “al otro día su cuerpo yacía muerto”, “al otro día nadie supo más de él” o “encontraron su cuerpo, pero nunca volvieron a ver su cabeza” son cosas que ya vimos en películas, leímos en algún libro o nos cruzamos en el amplio océano virtual que nos rodea.

“Ya está todo escrito”. Esa frase golpea muchas veces. Otras, en cambio, nos deja en un lugar de comodidad, permitiendo que nuestras oraciones se opaquen por nuestra propia culpa, simplemente por no esforzarnos un poco más.

Y cuando hablo de esfuerzo no me refiero a algo imposible, sino a trabajar un poco más la primera idea que nos viene a la cabeza. Darle una vuelta, después otra, y después otra más.

Otra alternativa es dejar que la idea repose. Si se queda dando vueltas en la cabeza durante varios días, probablemente sea por algo.


¿Connecticut o Buenos Aires? Escribir cuentos de terror acá

Hay que elegir bien el lugar donde van a pasar las cosas.

La llegada al lector suele ser mucho mejor si la historia transcurre cerca de él que si ocurre en un sitio que el autor apenas conoce por Google Maps. Además, siempre resulta más creíble escribir sobre lo que sabemos que sobre algo que no conocemos.

Mi consejo es situar los cuentos en ciudades donde ya hemos vivido o que conocemos bien. De esa manera es más fácil construir ambientes, detalles y situaciones que resulten verosímiles para el lector.

Igualmente, con un poco de investigación también se puede generar un buen clima para que pasen cosas en otros lugares o incluso en otros mundos.

Pobre Cthulhu… ¿qué sería de él si saliera del Riachuelo?

Bueno, ahí hay un buen ejemplo. En el tercer tomo de Buenos Aires Fantástica, de la editorial Thelema, pueden encontrar algo parecido.


¿Te lo tengo que contar?

Y acá —hasta el momento— el mejor consejo que me dieron: “no me cuentes lo que pasa, mostralo”.

No sirve de nada usar los diálogos para explicar una situación ni crear un personaje destinado únicamente a informar sobre los hechos, como si fuera un traductor en vivo. Ahí aparece uno de los problemas más comunes: no se muestra lo que sucede, simplemente se dicta.

Y eso casi siempre se puede mejorar.

En este punto la corrección juega un papel fundamental. Es durante esa etapa cuando podemos detectar este tipo de situaciones. Por suerte, son completamente reversibles.

Siempre aparecen. Incluso cuando uno escribe todos los días como un poseso, el borrador —lo que yo llamo el vómito literario— suele estar lleno de estos momentos.

Pero con el ojo más entrenado podemos reemplazarlos por escenas que realmente le generen algo al lector, en lugar de limitarse a informarle lo que sucede.


¿Estás diciendo que terminamos? Ahora toca escribir los cuentos de terror

No sos vos, es el final.

La precipitación en los cuentos se nota, y queda mal. Como decía antes, vas a trabajar tu personaje y el peso de la historia va a aumentar. No tiene sentido que la ansiedad te gane y termines regalando un final.

Si dejás un buen cuento a medias no va a tener sentido —y lo peor es que vos mismo te vas a dar cuenta—. Además, el lector que te lea va a quedarse con esa historia como un recuerdo. Y cuando vuelva a ver tu nombre, lo primero que va a pensar será: “Uf, este escribe de tal manera…”, y seguirá de largo.

La resolución del cuento tiene que ser el mejor detalle. De lo contrario, toda la construcción que generaste a lo largo de la historia puede desinflarse por culpa del cierre.

Dejen cabos sueltos para el final. La sorpresa es un gran recurso para desestabilizar al lector y dejarlo pensando, incluso después de terminar la lectura.

Desde el momento en que una persona decide leer algo nuestro está invirtiendo tiempo, y hoy el tiempo no se regala. Ese, al final, es el mejor premio.


Para cerrar

Podría seguir sumando cosas, porque escribir siempre abre nuevas preguntas y cada historia nos enseña algo distinto. Pero si hay algo que aprendí en este camino es que el terror no nace solamente de una buena idea, sino del trabajo que hacemos alrededor de ella.

Los cuentos se construyen con paciencia: entendiendo a los personajes, eligiendo bien el escenario, revisando los clichés y, sobre todo, corrigiendo mucho. El primer borrador casi nunca es el definitivo. A veces, lo único que necesitamos es volver a leer con otros ojos para descubrir dónde está realmente el miedo.

Para resumir un poco todo lo que hablamos, estos serían los puntos principales:

  • Buscar generar sentimientos. El terror funciona mejor cuando nace de situaciones cotidianas con las que el lector puede identificarse.
  • Pensar en la extensión del cuento. Cuanto más conocemos al personaje, más fuerte será el impacto emocional.
  • Construir personajes creíbles. El gore puede ser un recurso, pero sin personajes que importen pierde fuerza rápidamente.
  • Evitar los clichés. La primera idea casi siempre necesita una vuelta más para encontrar algo propio.
  • Elegir bien el escenario. Es más fácil generar atmósferas cuando escribimos sobre lugares que conocemos.
  • Mostrar en lugar de contar. Las escenas deben transmitir lo que ocurre, no simplemente explicarlo.
  • Trabajar el final. Un buen cierre puede convertir un buen cuento en una historia que el lector recuerde.

Y si algo de todo esto sirve para que alguien se anime a escribir su próximo cuento de terror, entonces ya habrá valido la pena.

Recomiendo las clases de escrtitura de Leo Batic para comenzar y fogearse de otros escritores que estén arrancando.